MI TESORO, MI REGALO

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“Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” esta frase atribuida a Jesús de Nazaret en el Evangelio de Mateo, el mismo y único que por cierto relata la visita de los sabios de Oriente a Jesús niño, contiene verdad.  Máxime si buceamos en el concepto hebreo de corazón (leb) que remite al ser más profundo, a la identidad más honda, a la dimensión interior.  Una verdad, esta de la sentencia, que en el contexto evangélico aborda la necesidad de renunciar a cualquier servidumbre y estar centrado en Dios. Algo que en las fechas que celebramos puede ayudarnos a ser buenos Reyes Magos. Porque centrarse en Dios es entregarse a los demás como regalo.  Porque centrarse en el ser más íntimo propicia darse como don.

En una sociedad donde el aparentar está al orden del día y donde parece que los regalos más aparentes, más caros o más contundentes son los mejores, la frase “donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” revierte el orden de las cosas.  Si realmente deseamos regalar regalemos con alma.  Regalemos vida, donemos tiempo y sensibilidad.  ¿Qué tal si en estas fechas nos unimos a la petición de Pablo Ráez y donamos médula? ¿Qué tal si en vez de aparecer una vez al año en la residencia donde habita el olvido vamos con más frecuencia? ¿Qué tal si en vez de tantos regalos a nuestros hijos dedicamos tiempo a jugar con ellos?  En definitiva se trata de regalarse a uno mismo. Entonces te podrán decir con el poeta: “nadie nunca te reemplaza y las cosas más triviales se vuelven fundamentales porque estás llegando.”

La vida está repleta de regalos.  Es puro don.  Y el día de Reyes puede ser el punto de inflexión para demostrar esa gran verdad. Y expresarlo a propios y extraños. La vida se abre paso a dentelladas fuertes y calientes, basta mirar a nuestro alrededor para darse cuenta de la fuerza de la existencia.  Es el misterio de la gratuidad. Es tan simple y sublime como entregarse a los demás como el mejor regalo: con nuestra mejor cara, con nuestro tiempo, con nuestra mejor mirada interior.  La experiencia más bella que el hombre y la mujer puede llevarse a la tumba es haber experimentado la gratuidad del amor y la consecuente entrega. Habrá descubierto la belleza de la vida, el sentido de la existencia, la plenitud del ser.

Rvdo. D. Rafael J. Pérez Pallarés