AMOR ARRIESGADO

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Amar puede dar miedo, casi pánico. Eso de querer está bien pero dar el salto al amor supone tal riesgo que lo mismo lo pierdes todo. Y sin embargo, hay quien cree en el amor para toda la vida. Por algo será. Quizá porque lo ha visto encuadernado en piel humana. Probablemente porque conozca del bien que hace la estabilidad emocional. O porque crea en un Dios que en esencia es amor permanente. También está la otra cara de la moneda. Quien decepcionado y arrastrado por la evidencia entiende que es harto difícil amar. Y empresa imposible de por vida. Es la evidencia que otorgan los fracasos en materia del corazón. Destrozan vidas y arrastran a jirones los corazones de demasiada gente.

El amor para toda la vida sin duda existe. Pero las garantías en lo que el otro siente o va sentir mañana no existen a priori. Por eso el amor hay que alimentarlo a diario, como el fuego de la chimenea. Recordando en todo momento que quien ama deja en libertad. Y ama en la verdad. Sin sumisión ni condicionamiento. Aunque desgraciadamente, falte educación para el ejercicio que supone el respeto exquisito a la pareja o para buscar con ahínco el amor verdadero. Hay quien se conforma en una carrera casi agónica con recibir migajas afectivas en diferentes lechos. Las relaciones sanas desde el principio son garantía de estabilidad y verdad. En esto el noviazgo sin prisas fue un buen invento. Conocerse, tratarse y descubrirse sin premura ayuda a consolidar los lazos del corazón. Ayuda a contemplar la realidad con lucidez afectiva y racional. Y darse a ella para hacerla más pura y honda. Amar es una apuesta radical en el juego de la vida.

Se puede ganar y perder. Y, sin embargo, nada existe más precioso y preciado que la experiencia del amor. Incluso en el terreno oscilante en el que se mueve frecuentemente la experiencia afectiva. Tener esto claro es fundamental. Así, pues, como afirmaba San Agustín, ama y haz lo que quieras. Parece una frase llena de peligros. Y tal vez lo sea. Pero es frase que concentra el sentido de la vida, otorgándole una dimensión de incomparable plenitud y verdad.