RETIRO. TEXTO COMPLETO DE LA MEDITACIÓN

NOTA. Este documento de uso estrictamente personal contiene la aportación de distintos autores

“Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse. Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado. Ya no tengo miedo a nada, ya que el Amor destruye el miedo. Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas. Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor. Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene miedo. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, Él, entonces, borra el pasado malo y nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible. ¡Es la Paz!”.

Patriarca de Constatinopla Atenágoras I, uno de los impulsores del diálogo ecuménico y amigo de Pablo VI

INTRODUCCIÓN

La posibilidad de una experiencia trascendente coloca al ser humano ante la necesidad de descubrir, aunque sólo sea en forma de hipótesis, qué puede llegar a significar realmente. Cabe preguntarse si es posible tener una experiencia personal trascendente. Nuestra respuesta es sí.

La meditación, la contemplación abre a la trascendencia. Ésta supone un camino hacia el interior y hacia lo que le trasciende. Ésta abarca la totalidad del proceso de la vida personal y se extiende a la totalidad de las actividades -ser y hacer- de la persona, desde la autonomía de la conciencia y la aspiración a la felicidad.  En este sentido es importante tratar de percibir y comprender el dinamismo global de la vida humana como un crecimiento hacia la Trascendencia y, al mismo tiempo, tener en cuenta los elementos antropológicos que intervienen. Llevamos el bagaje de los siglos que nos preceden. Por ello, a menudo emplearé referencias que pertenecen a la Tradición Teológica cristiana de Oriente y de Occidente. Tratamos de exponer un proceso de crecimiento espiritual en que sea no sólo sea la mente (la parte más alta del alma según una cierta antropología), sino toda la persona y también de su entorno (social y cósmico), lo que interviene. Hemos querido hablar y reflexionar sobre un proceso integral e integrador en el que todo está por hacer (el acento de Occidente), y, al mismo tiempo, en el todo ha sido dado (acento de Oriente). La gracia.

Sólo tenemos que re-conocerlo. Distintos signos de nuestro tiempo nos dan a entender que estamos en un momento de síntesis: si bien durante la Modernidad tuvo que negarse la trascendencia para valorar la inmanencia, hoy intuimos que las dos dimensiones son constitutivas de la realidad. De ahí que se esté redescubriendo el ámbito de la interioridad como dimensión constitutiva del ser humano. En este sentido, la frase de Karl Rahner: “El cristiano del s.XX será un místico o no será cristiano”, tendría que ampliarse y decir: “La persona del s.XXI será mística o no será persona”.

Por “mística” entendemos aquella persona que ha hecho una experiencia personal de la sacralidad de la vida, es decir, aquella que ha descubierto el fondo incandescente y divino que reside en el corazón de cada persona y de cada cosa. Esta experiencia se despliega en un proceso que dura toda la vida. De este proceso es de lo que queremos hablar aquí.

1. EL MONACATO INTERIORIZADO

El ser humano, en tanto que ser creatural, esta constituido como receptáculo; esto lo configura con un vacío radical que hace que experimente diferentes carencias: desde la necesidad de respirar, pasando por la necesidad de alimento, de afecto y de reconocimiento por parte de los otros hasta la aspiración de algo que trascienda su misma necesidad. Ahora bien, este vacío radical puede sostenerse de dos formas muy diferentes: cuando se vive como “voracidad” se convierte en opacidad. Cuando se vive en actitud de ofrenda, se convierte en transparencia y verdadera comunión. La opacidad deriva de nuestra retención o “pulsión de apropiación”, que revienta la comunión porque queremos absorberla. La “pulsión de apropiación” deriva del instinto de supervivencia de nuestra existencia biológica y de nuestro yo psíquico individualizado. Fue éste, precisamente, el error de los orígenes según la tradición judeocristiana: querer ser dioses a costa o al margen de Dios (Gn 3).

Los Primeros Padres del cristianismo oriental y occidental hablaban de que si bien fuimos creados “a imagen y semejanza de Dios”, al dejarnos llevar por la pulsión de apropiación, perdimos la semejanza (Gn 1,26), pero no la imagen (icono), que es la huella -o semilla- divina presente en todo ser humano. La tarea de todo ser humano es la de restaurar la semejanza con Dios: pasar de la pulsión de apropiación a la actitud de donación.

Otra forma de hablar de esta restauración de la semejanza es la “cristificación” o “divinización” (Ef 4, 12-13), término este último, poco frecuente en la teología occidental. La divinización implica al mismo tiempo una unificación, que integra tres dimensiones: unión con la Trascendencia, unión con los otros y unificación interior. Esta tarea no es un lujo reservado a algunos, sino que es camino de humanización indispensable para todo el mundo.

El teólogo ruso Paul Eudokimov se ha referido a esta vocación del hombre contemporáneo con la expresión monacato interiorizado. Monachos viene de “monos”, “uno”, “único”, en griego. Es decir, “monje” es aquel o aquella que está unificado: unificado con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo que lo rodea. Pero para estar unido al mismo tiempo está “apartado”. Se trata de una difícil presencia-distancia respecto de sí mismo, de los demás y del mundo, para vivir sin devorar, sino entregando. ¿Y esto cómo se hace? Se trata de ir alcanzando aquello que dijo Serafín de Sarov, monje ruso del siglo XIX: “Encuentra la paz y miles de personas a tu alrededor se salvarán”.

1.1 Sospechas y dificultades ante la tarea de la transformación interior

Para entrar en este camino, hay que superar la dicotomía ética-mística y descubrir que se necesitan mutuamente. Contraponerlas comporta debilitarlas. Porque la solidaridad no puede comerse a la interioridad, del mismo modo que el criterio de verificación de la interioridad es la solidaridad. Ésta no puede concebirse en modo alguno como algo exterior a la experiencia espiritual, sino como algo profundamente interior: la comunión es con todo, puesto que somos uno.

Ahora bien, ¿cuál es la espiritualidad posible –la vida en el Espíritu- para una persona? En nuestro mundo nunca el ser humano había tenido que afrontar tanta dispersión de estímulos, tanta inmediatez de posibilidades de consumo, tanta simultaneidad de ámbitos, tanto anonimato… Todo ello parece incompatible con la vida del Espíritu. Pero al igual que ha habido a lo largo de la historia quien ha convertido el hambre, la falta de sueño y las enfermedades (los elementos adversos de su cultura) en medios espirituales, también nosotros estamos llamados a descubrir cómo transformar los actuales elementos perturbadores en elementos que nos favorezcan el encuentro con la trascendencia. Ésta es precisamente la tarea de la espiritualidad.

Como acabamos de decir, lo propio de la espiritualidad es saber nombrar, identificar, desplegar procesos, desbloquear situaciones, detectar tentaciones… Vivimos muchas cosas que, por no saber identificarlas, no acaban nunca de emerger. Ya lo expresó San Juan de la Cruz en el prólogo a la Subida del Monte Carmelo: “Es lástima ver muchas almas a quien Dios da talento y favor para pasar adelante, que, si ellas quisiesen animarse, llegarían a este alto estado, y quédanse en un bajo modo de trato con Dios, por no querer, o no saber, o no las encaminar y enseñar a desasirse de aquellos principios”.

Trataremos aquí de mostrar el recorrido que trata de hacer el ser humano para dar cauce a su llamada a la divinización, a su llamada a entrar en comunión con la Trascendencia que es, al mismo tiempo, el camino de su plena humanización. En el itinerario de la vida en el Espíritu se han distinguido en la tradición cristiana tres grandes etapas: la vía purificativa, iluminativa y unitiva. Este esquema concibe la vida espiritual como un proceso desde una opacidad inicial hasta una transparencia final, pasando por grados progresivos de iluminación a lo largo del camino. Podemos decir que el esquema de las tres vías corresponde a las tres etapas de todo aprendizaje humano: se empieza por toda clase de obstáculos y dificultades iniciales; sigue una etapa de creciente familiaridad y conocimiento, que permite las primeras creaciones; para llegar a la pericia y virtud finales. En el que todo fluye.

Ahora bien, aunque esta comparación puede iluminar el proceso espiritual, es muy indispensable señalar que las tres vías no son lineales, sino que el crecimiento se verifica en espiral (lo que explica las aparentes regresiones) con la confianza en la unidad final. Una unión que, ontológicamente, viene dada desde el principio y que al final se vive conscientemente. Este despliegue se ve atravesado por “noches” y “crisis” (palabra que en chino está compuesta por dos caracteres: peligro y oportunidad) Vamos a ver cómo se desencadena el proceso.

2. LA ZARZA ARDIENDO O LA EXPERIENCIA FUNDANTE

2.1. La experiencia fundante de los orígenes y la vida espiritual como una llamada constante a la conversión

Con mucha frecuencia, lo que está al final se nos ofrece al principio como un estallido, como una anticipación. Casi todos nosotros podemos identificar en nuestra vida este primer momento de irrupción de la Transcendencia, que desencadenó en nosotros un movimiento irreversible y que ha marcado un “antes” y un “después”. La teología contemporánea cristiana denomina a esta irrupción de lo Divino la Experiencia Fundante. Esta fue la experiencia paradigmática de Moisés en el Sinaí (Ex.3, 1-14) en la que pueden distinguirse tres elementos:

1. Una Teofanía (la zarza ardiendo), que muestra una Alteridad Racional.
2. El descubrimiento de la propia identidad (enstasis), que se convierte al mismo tiempo en el despertar de una vocación.
3. El dinamismo de esta vocación que se derrama hacia fuera y que se convierte en misión (éxtasis).

Se trata de su experiencia fundante, que le servirá para siempre como punto de referencia en la orientación y sentido de la propia existencia. De una u otra forma, en algún momento todos hemos experimentado un cierto estallido de luz o de comunión. Desde entonces, nos hemos sentido heridos:

De estas experiencias fundantes existen muchos testimonios. Blas Pascal había cosido en la gabardina que siempre llevaba el siguiente escrito: “El año de gracia de 1654, lunes 23 noviembre, día de San Clemente, desde las nueve y media de la noche hasta las doce y media, fuego (…). Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría”. También Paul Claudel o el filósofo Manuel García Morente, hasta entonces agnóstico. En todos ellos se despertó el “yo profundo” al tiempo que se producía en ellos una conversión.

2.2 Características y criterios de discernimiento para percibir la autenticidad de la experiencia fundante

1. Se trata de una experiencia “teopática”, es decir, ninguna persona tiene la iniciativa o puede provocársela, sino que sólo puede recibirse o “padecerla”.

2. Contiene rasgos paradójicos: a) comporta una conciencia cierta y oscura al mismo tiempo; b) se impone por sí misma, pero al mismo tiempo requiere el consentimiento de la persona; c) es inmediata, pero llega a través de un signo: sacramento, lugar, situación personal, paisaje…

3. Marca un “antes” y un “después”. Es una referencia para siempre. “Re-liga” cuando se hace memoria de ella y al mismo tiempo arraiga en el presente.

4. Dinamiza a toda la persona en una dirección determinada, unificándola y abriéndola al mismo tiempo. Es decir, des-centra (ek-stasis) y re-centra (en-stasis) al mismo tiempo.

Ahora bien, esta experiencia requiere una cierta disposición. En principio, no se da en las siguientes circunstancias:

1. La mirada dispersa. Supone una existencia que camina hacia su centro. De ahí la llamada a la unificación.

2. Tampoco en la mirada anónima.

3. Tampoco puede darse en la mirada superficial.

4. Tampoco en la persona dominada por el consumo.

5. Tampoco en la mirada dominadora. Es necesaria una cierta capacidad de gratuidad. A esta interrelación entre don y disposición la Iglesia de Oriente la denomina synergeia, literalmente: “co-operación” –actuar conjuntamente-.

2.3. Salir de la tierra propia: llamados a la metanoia o conversión continua

La primera palabra de la primera predicación de Jesús de Nazaret fue: “Convertíos”. La palabra aramea utilizada por Jesús fue “tob”, “volver” “refluir en Dios”. En griego, el término es metanoia: “meta”, “ir más allá”, “elevarse más que”, y “noûs”, que es la “mente” en sentido fuerte. En latín, conversión significa “trastocarse”, dar un giro de 180 grados. Implica, pues, un nuevo estado de conciencia y de atención; de “religamen” también (de aquí procede la palabra religión). “Pecado” significa textualmente “perder la señal”, “tropezar”. La conversión constante implica la atención permanente para no “perder la señal”. Esta atención no constituye una tensión, sino un estado espiritual. Esta atención tiene una doble orientación: hacia la propia interioridad (enstasis) y, al mismo tiempo, hacia la alteridad (éxtasis). Una doble dimensión que es simultánea y que se convierte en criterio de discernimiento de la auténtica experiencia trascendente: cuanto más crece la interioridad, más crece también la apertura hacia la alteridad y viceversa . Empecemos describiendo esta interioridad, hecha de círculos concéntricos inacabables y que conduce hacia el núcleo de nuestra persona.

Del mismo modo que una almendra contiene varias coberturas (la piel exterior, la cáscara, la semilla), que van variando de aspecto a lo largo de su desarrollo hasta llegar a la maduración de la semilla propiamente dicha, así el ser humano contiene diversas “capas” de ser que se van desarrollando a lo largo de su vida. Existe un profundo vínculo entre ellas, pero también una distinción irreductible. Lo que perdura para la eternidad es la semilla, liberada de la cáscara en el momento de la muerte.

Ahora bien, según la Tradición cristiana de Oriente, el espíritu, esa semilla, no se encuentra desamparada, sino custodiado por un centro unificador: el corazón (leb en hebreo). Pero no el corazón entendido como el órgano de la afectividad (esto sólo sería el timos, una zona demasiado inconsistente e inestable), sino un ámbito más interno y transparente, que se convierte en “sede” del espíritu. Y es precisamente ahí, en el espíritu a través del corazón donde se da el encuentro con la Trascendencia. De ahí que la verdadera experiencia espiritual sea unificadora, porque integra y convoca a las diferentes dimensiones de la persona.

El sentido de nuestra vida no es otro que la búsqueda de este lugar del corazón. Es decir, en el centro de nosotros mismos, unificando nuestro ser, está el corazón, el “cofre” donde se custodia-oculta el espíritu. Por eso, quizá, Jesús de Nazaret daba tanta importancia al corazón: “De lo que rebosa el corazón, habla la boca”. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Se trata, pues, de llegar a la unificación de toda la persona, que integre la afectividad, la sensibilidad y el raciocinio. Digamos que el signo de una persona prudente es cuando sumerge en su interior su intelecto y cuando toda su actividad se realiza en su corazón.

En el Monacato Oriental, lo contrario de esta apertura del corazón es la esclerocardia (sklerokardia) es decir, la “dureza del corazón”, que impide la entrada en uno mismo, en los demás y en la Trascendencia. Y es que el viaje hacia la propia interioridad, hacia la tierra sagrada del corazón de cada uno, necesita un hábil discernimiento para conocer las trampas y los “enemigos” que aparecen lo largo del recorrido.

2.4. El indispensable arte del discernimiento

Un discernimiento valorado a lo largo de la historia como crucial: Según Catalina de Siena, “el discernimiento no es otra cosa que el conocimiento verdadero que el alma ha de tener de sí misma”. O Teresa de Jesús escribirá: “Tengo por más gran merced del Señor un día de propio y humilde conocimiento, aunque nos haya costado muchas aflicciones y trabajos, que muchos de oración”.

Para empezar, hay que aprender a escuchar a nuestra corporeidad: el agotamiento físico, la falta de sueño, la mala alimentación, el ritmo de las estaciones, las etapas biológicas de la vida…, todo ello son, al mismo tiempo, causas y consecuencias que se inscriben en el cuerpo. En los últimos años se ha avanzado mucho en este sentido, hasta el punto de hablar de la enfermedad como camino de autoconocimiento. Y es que en nuestro cuerpo se registran todos los episodios de nuestra vida, como marcas sobre la cera.

Nuestros miembros y nuestros órganos llevan un registro de todo lo que hemos vivido. En el campo psíquico, también arrastramos actitudes que vienen de muy lejos: episodios o zonas de nuestra vida no asumidos, relaciones no perdonadas… todo esto son focos de necrosis que bloquean y paralizan nuestras energías, y que no podemos vencer sólo a base de buena voluntad. De hecho, se da un doble principio: lo que no asumimos, no lo redimimos; y, al mismo tiempo, lo que retenemos o aquello a lo que nos resistimos, persiste y se enquista y nos parasita.  También debemos tomar conciencia de otras áreas de nuestra personalidad que están en relación con el sentido de la responsabilidad, el miedo a la transgresión, los sentimientos opresivos de culpabilidad,… que tenemos que aprender a desprogramar, porque nos impiden crecer.

3. LA TRANFORMACIÓN DE LA PULSIÓN DE APROPIACIÓN EN APERTURA DE COMUNIÓN

La vida humana, pues, trasciende las pulsiones básicas que exigen satisfacción (tanto las de orden biológico como psíquico), para abrirse a lo que denominamos la realidad espiritual, de orden escatológico, irreductible a cualquier otra realidad, y que constituye el campo propio y específico de las Tradiciones Espirituales. El despliegue de esta dimensión es lo que da sentido a la existencia humana y es esta dimensión la que realiza nuestra finalidad última. En definitiva, el ser humano tiene dos alternativas: centrarse en sí mismo, que es lo que Pablo de Tarso denomina “dejarse llevar por los deseos de la carne”; o bien la donación de sí mismo, de donde surgen los frutos del Espíritu: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gal 5,22). Es decir, vivir en el Espíritu es descentrarse. Insistimos en decir que no se trata de una cuestión moral, sino espiritual, es decir, de una actitud, de una disposición que surge de lo más profundo de nuestro ser que supone autoconocimiento. De apertura a la gracia. Antonio Machado entiende la fe como un don. La fe es un regalo que empuja al hombre a seguir un itinerario hacia el encuentro personal con Dios que es fundamentalmente gratuidad. Una visión extraordinariamente rica e interesante. La fe llega al ser humano como regalo inmerecido. Gratuito. Ahora bien, ¿esta disposición cómo se favorece?

En la Tradición de los Padres del Desierto, el ayuno es el medio que utiliza el fiel para crear un espacio vacío en el que repose el Espíritu permitiéndonos distinguir lo esencial de lo superfluo. El ayuno implica saber pararse, gracias a lo cual, la persona perseverante puede retomar sus energías que vagan medio perdidas, para domarlas y orientarlas hacia su destino original. El ayuno permite entrever la propia existencia sin influencias emocionales, intelectuales o ajenas y discernir, en un breve instante, quién soy, para retomar el camino, ahora y aquí, tal como soy, desde lo más profundo de mí mismo. El ayuno pule el espejo del alma que permite percibir, sin manchas, la imagen de la Presencia que llevamos y que se convertirá en el eje de toda existencia.

En este sentido, corresponde a cada persona encontrar sus ascesis, es decir, hallar las maneras de ir vaciándose, despojando, para dejar espacio a los otros y al Otro y llegar a vivir en estado
de unión. Se trata de no saturar el deseo, sino de dejarlo abierto, como dinamismo hacia el Último Deseo. Cuanto más vivimos en Dios, menos somos nosotros el centro y menos necesitamos las cosas y más receptivos estamos a los demás.

Llegados a este punto hay que reconocer que las ascesis que hemos referido son aquellas que podemos elegir o controlar nosotros. Pero hay muchas otras dimensiones de la vida que las “padecemos” sin haberlas elegido. Lo importante de esta gradación es que las dos primeras Noches son “activas”, es decir, son elegidas, mientras que las dos siguientes son “padecidas”, en cuyo caso no hay otra actitud posible que el abandono y la confianza.

Las noches son “heridas luminosas” cuya luz sólo puede percibirse después de haberlas pasado. De lo contrario, no serían noches. Las noches se convierten en fuente de toda humildad, de toda confianza, de toda ternura. De esta manera, vamos pasando de círculo en círculo, cada vez más adentro. Es decir, cada noche comporta una transformación que repercute tanto en el ámbito de los
afectos como en el del conocimiento.

Si empleamos el lenguaje teológico cristiano cada noche es participación en la Pascua de Cristo. Lo que hay que hacer es percibir la unidad entre pasión y resurrección. En otras palabras. La máxima desposesión lleva a la máxima plenitud. Este proceso se da simultáneamente con continuidad y discontinuidad. Lo importante es tener la certeza de que estamos “amenazados de resurrección”. Después de las “nadas”, así acaba el poema de San Juan de la Cruz: “En esta desnudez halla el alma su quietud y su descanso, porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad. Porque, cuando algo codicia, en eso mismo se fatiga”. Subida al Monte Carmelo

En este sentido llegar al centro de la propia humildad y conseguir aquella paz interior que el Monaquismo Oriental denomina hesiquia, donde comienza la tierra de libertad, son signos de progreso en el camino espiritual, que es, al mismo tiempo, el camino hacia la plena humanización. Esta humildad produce un fenómeno paradójico: por un lado, nos arraiga en “un lugar en el mundo” muy determinado, sin anhelar nada más, pero, simultáneamente, da una gran receptividad y disponibilidad para cualquier otro servicio o demanda. Dicho de otro modo, la paz interior permite un estado de atención y discernimiento fundamental para poder continuar creciendo en el camino del Espíritu.