EL PUENTE

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Tres papas han recibido a lo largo de la historia de la Iglesia Católica el apelativo de Magno: León, Gregorio y Nicolás. León vivió en el siglo V. Fue el que comenzó a utilizar el título de pontífice. Significa constructor de puentes. Los emperadores romanos lo habían ostentado durante siglos. Era el nombre que utilizaba la máxima dignidad religiosa en tiempos de Roma.

León, firme y habilísimo diplomático, fue enviado por el emperador a las Galias para para intermediar en el proceso de paz que se desarrollaba entre el prefecto del pretorio Albino y el patricio Aecio y evitar así una guerra civil. Encontrándose enfrascado en esta mediación pacífica León fue elegido Papa con admirable paz y acuerdo. Máxime si se tiene en cuenta lo turbulentas que llegaron a ser algunas elecciones papales.

Su manera de actuar se extendió de modo inmediato al ámbito civil abonado por la propia incapacidad del poder político que gobernaba de modo errático e incompetente. Tan es así que tuvo que ser él quien negociara con el temido Atila, el líder de los hunos. Se desconoce qué ocurrió en la reunión entre Atila el azote de Dios y León pero lo cierto es que tras la entrevista Atila se retiró a su cuartel general en la frontera del Danubio.

La historia de León que murió con 70 años de edad después de veinte años de pontificado mantiene plena actualidad. Al menos en lo que se refiere a los rasgos biográficos hasta este momento enumerados. Hoy como en el siglo quinto son necesarias personas que tiendan puentes tanto en el ámbito político como social o religioso. Es más, ante la incompetencia de algunas cabezas a la hora de ponerse de acuerdo es importante que emergan personalidades que lideren el acercamiento, el consenso, el encuentro.

Movimientos migratorios, guerras y crisis de toda índole están empujando a nivel mundial, nacional y local a situaciones de riesgo para la convivencia pacífica. La firmeza, la concordia y la búsqueda del bien común deben guiar la vida de quienes vivimos en el año en curso. Es necesario tender puentes para favorecer una leal colaboración entre instituciones y colectivos. También para abonar el respeto a las legítimas competencias. En este sentido urge recuperar la capacidad de diálogo, sorpresa y admiración. Palpita en nuestras sociedades, con la insistencia del corazón de un recién nacido, el legítimo deseo de un mundo en paz.

Rafael J. Pérez, párroco